Quién es Luciano “Chano” Rossi
La historia de un hombre que desde muy joven decidió entregar su vida por completo al servicio de los demás, y que sostiene esa decisión desde hace décadas, incluso cuando el status quo le hace pagar un precio demasiado alto.
La vida de Luciano “Chano” Rossi no se entiende con la vara que suele usarse para medir el éxito. No hay en ella una escalera de ascensos, ni un patrimonio que mostrar, ni una colección de cargos. Hay, en cambio, una decisión tomada muy temprano y sostenida durante décadas con una obstinación que a muchos les resultó incomprensible: la de que una existencia sólo se justifica si se gasta enteramente en los demás. Todo lo que vino después —la casa en el barrio, los cuatrocientos platos de comida, las denuncias, las amenazas— no fueron episodios sueltos. Fueron consecuencias.
Se formó en el seno de una familia de clase media santafesina y pasó por las aulas del Colegio Inmaculada Concepción de Santa Fe, donde la formación jesuita dejó en él una marca que el tiempo no logró borrar. Los valores ignacianos no fueron para él una materia más entre otras, de esas que se aprueban y se olvidan: fueron el andamiaje sobre el que terminó construyendo todo lo demás.
Hubo una figura que lo desveló desde muy joven: la de San Ignacio de Loyola. Le costaba entender —y por eso mismo no dejaba de investigarlo— cómo un hombre nacido en la aristocracia española, con la vida resuelta de antemano y el futuro asegurado, había sido capaz de soltarlo todo, absolutamente todo, para convertirse en un seguidor de Cristo. No era la renuncia lo que lo fascinaba, sino la libertad que hacía falta para renunciar. Y en algún momento de esos años una frase se le clavó como una astilla y ya no se la pudo sacar más.
Ser hombre para los demás
La frase que le ordenó la vida
Esa frase lo mandó a buscar. Empezó a rastrear las vidas de otros que habían hecho proezas parecidas: la Madre Teresa de Calcuta, que se fue a morir entre los que nadie quería tocar; Martin Luther King, que le puso el cuerpo a un país entero; Nelson Mandela, que salió de veintisiete años de cárcel sin odio; el General José de San Martín, que ganó una guerra y murió lejos y sin nada; y, por encima de todos ellos, Mahatma Gandhi.
Cuando puso esas biografías una al lado de la otra, encontró el mismo hilo atravesando a todas. Habían vivido con austeridad. Habían muerto pobres. Habían entregado su paso por la tierra al servicio de otros. Ninguno se había guardado nada para sí. A Chano eso no le pareció una casualidad ni una rareza estadística: le pareció un camino, uno que alguien había abierto y dejado señalizado. Y decidió que quería caminarlo.
Tenía veinticuatro años cuando dejó de admirar y empezó a imitar. Resolvió destinar, todos los meses y sin excepción, más de la mitad de su sueldo a levantar una fundación que le diera de comer a quien lo necesitara. No era un gesto ni una promesa de fin de año: era la mitad de lo que ganaba, todos los meses, durante años.
Por esa época le salió un crédito. Le alcanzaba para comprar una vivienda decente en una zona céntrica de Santa Fe, la clase de decisión que cualquiera habría firmado sin pensarlo dos veces y que nadie le habría reprochado. Chano hizo la cuenta al revés. Eligió comprometerse durante diez años al pago de una casa en Santa Rosa de Lima, uno de los barrios más carenciados de la ciudad. No para invertir, no para alquilarla, no para tener algo propio: para que esa casa fuera el lugar donde se cocinara. Ahí llegó a servir hasta cuatrocientos platos de comida por día.
Podría haber administrado todo aquello desde afuera. Poner la plata, organizar, pasar los fines de semana, volver a su casa. Nadie se lo habría cuestionado y el resultado, medido en platos servidos, habría sido idéntico. Pero había algo que no le cerraba. No le gustaba la palabra caridad, y menos le gustaba lo que esa palabra esconde: la distancia cómoda entre el que da y el que recibe, la ayuda que se entrega con el auto en marcha.
Así que se mudó. Durante siete años vivió en Santa Rosa de Lima, entre la gente a la que asistía, comiendo lo mismo, aguantando lo mismo, escuchando de noche lo mismo que escuchaban sus vecinos. El plato de comida terminó siendo apenas la puerta de entrada. Lo que venía después era lo que de verdad importaba: la contención, la palabra en el momento justo, la mano cuando hacía falta y —sobre todo— una disponibilidad sin horario, la certeza de que estaba ahí. Se ganó, sin buscarlo, el cariño de un barrio entero.
Participó en incontables campañas para asistir a personas en situación de calle y a chicos atrapados en el consumo. Con los años, muchas de esas familias lo eligieron padrino de sus hijos, y lo sigue siendo hoy: no por una ceremonia protocolar, sino porque para esos chicos Chano fue el adulto que apareció.
La pandemia lo encontró exactamente donde era previsible que estuviera. El primer día en que se permitió salir a la calle bajo ciertas condiciones, con la ciudad todavía paralizada por el miedo y con la mayoría atrincherada puertas adentro, no dudó ni un segundo. Salió a buscar a los que se habían quedado sin nada.
Fue casa por casa, a los hogares de quienes no tenían trabajo o no podían salir a trabajar, repartiendo bolsones de mercadería para que pudieran aguantar la semana. Estuvo casi seis meses así, exponiéndose todos los días a un contagio que en ese momento nadie sabía bien cómo terminaba. No lo hizo desde un escritorio ni delegando en otros: lo hizo con su cuerpo, tocando timbres, en un tiempo en que tocar un timbre daba miedo.
La misma brújula que lo llevó al barrio lo puso, años más tarde, frente a algo bastante más incómodo. Desde adentro de la Empresa Provincial de la Energía vio durante años lo que desde afuera casi nadie podía ver: cómo un puñado de personas manejaba negocios particulares en perjuicio de todos los santafesinos. Podría haber mirado para otro lado, que es lo que hace la enorme mayoría, y que además es gratis.
Eligió lo contrario. Se rebeló y empezó a denunciar esas maniobras una por una. Al hacerlo descubrió que no estaba tocando a un grupo de vivos aislados, sino —según denunció públicamente— un entramado con ramificaciones que llegaban a jueces, fiscales, abogados, políticos y periodistas, todos beneficiados por el mismo mecanismo. Desde entonces carga con las consecuencias: una persecución que no cesó, que lo siguió por distintos lugares y que derivó en amenazas contra él y contra su familia.
Nunca se retractó. En 2025, con una larga trayectoria de trabajo junto a organizaciones sociales, fue elegido representante de esas organizaciones en el Hospital Sayago.
Ese mismo año publicó La política como camino espiritual, donde puso por escrito lo que su vida venía diciendo sin palabras desde hacía veinte años. Allí sostiene que la política, bien entendida, no se opone a la fe ni la contradice: es un camino que acerca a Dios. Pero el libro no ofrece consuelos baratos ni promete recompensas. Quien entre en la política decidido de verdad a transformar el sistema en favor de la gente —escribe— no debería hacerse ninguna ilusión sobre lo que le espera.
Se define a sí mismo, sin adornos y sin falsa modestia, como un hombre temeroso de Dios. Sostiene que todo lo que hace en su vida —cada decisión, cada renuncia, cada denuncia— está guiado por una sola cosa: acortar la distancia entre su alma y aquello que considera sagrado.
Sigue en Santa Fe. Sigue trabajando por una provincia más justa y con mejores oportunidades para todos, y sigue enfrentando la corrupción organizada e institucionalizada, venga de donde venga. No cambió de método ni de vara: la misma con la que empezó a los veinticuatro años.